
Ferraresi cortó los papelitos uno por uno, los acomodó en el pimpeza y los protegió del viento con el potola. Después lo miró a Pernía de soslayo y apuntándole con la sifloreta desafilada le espetó:
- Pernía... no sé para qué le explico las cosas si total resulta al garete...
- ¿al garete?
- sí, Pernía sí. Al garete. ¡Al reverendo ga-re-te!
Así fue. Así.




